Fototerapia
No soy psicólogo ni terapeuta. Tampoco pretendo dar lecciones sobre cómo afrontar los momentos difíciles que todos atravesamos alguna vez. Sin embargo, la fotografía me ha enseñado algo valioso: existen lugares donde el ruido desaparece y donde, por unas horas, la mente encuentra descanso.
Para mí, la fotografía es mucho más que una afición. Es una excusa para salir de casa, recorrer kilómetros, descubrir rincones desconocidos y contemplar el mundo con una mirada diferente. Es detener el tiempo durante unos instantes y prestar atención a aquello que normalmente pasa desapercibido.
Muchas de mis salidas nocturnas comienzan con una idea fotográfica, pero terminan convirtiéndose en una experiencia mucho más profunda. El silencio de la montaña, el aroma de la tierra después de la lluvia, la inmensidad de un cielo estrellado o el sonido del viento entre los árboles tienen una capacidad extraordinaria para poner las preocupaciones en perspectiva.
Cuando la vida se acelera demasiado, preparo la mochila, cargo el trípode y emprendo el camino. Al llegar al destino, respiro profundamente, observo el entorno y espero. Entonces, mientras la oscuridad lo envuelve todo, aparecen miles de pequeñas luces sobre el firmamento recordándonos lo diminutos que somos y, al mismo tiempo, lo afortunados que somos por poder contemplarlas.
Capturar esa luz en medio de la oscuridad es mi manera de encontrar equilibrio.