Puente La Canasta
Llegamos casi ya con la luz agotada. El sendero, que al principio parecía claro, se fue deshaciendo entre campos yermos hasta perderse del todo entre los bloques de granito. Avanzamos entre carrasquillas y juncos, con el equipo a cuestas, esquivando rocas redondeadas por siglos de agua que ahora dormían secas bajo nuestros pies.
Y entonces apareció: el Puente de la Canasta, o lo que el tiempo ha dejado de él. Un arco de ladrillo que se recorta contra el cielo, con sus ventanas laterales abiertas como ojos vacíos, suspendido sobre un cauce de piedra.
Esperamos a que la noche se cerrara del todo. Con las estrellas ya asomando, sacamos nuestras herramientas de light painting y empezamos a pintar la ruina con luz cálida: el intradós del arco, los dos vanos, el tajo de roca que se abre bajo él. El resplandor anaranjado devolvió, por unos segundos de exposición, algo de vida a un lugar que lleva siglos en silencio.
El esfuerzo de llegar valió la pena. Hay sitios que solo se dejan ver a quien está dispuesto a perderse un poco para encontrarlos.