Casa Monge
Hay casas que no terminan de caerse, como si les diera pereza dejar de serlo. Esta, a medio camino entre Aranjuez y Colmenar de Oreja, conserva sus dos plantas, sus arcos y unas ventanas que ya no miran a nadie, mientras el tejado se descuelga hacia la tierra como un párpado cansado.
Llegamos cuando la noche había cerrado el camino de grava. Arriba, las estrellas; en el horizonte, la mancha de las luces de los pueblos tiñendo las nubes. Aquí abajo, solo el roce de la hierba seca y esa quietud de los lugares de los que se cuentan historias en voz baja: quién la habitó, por qué se marchó, qué queda todavía entre sus muros. Cada cual la cuenta distinta, y quizá por eso sigue en pie: porque nadie ha terminado de contarla.
Abrí el obturador y entré con la luz. Encendí uno a uno los arcos de la planta baja, y el ocre de la pared respondió como si guardara el calor de una lumbre antigua. Iluminé las ventanas, y se asomaron un instante a una noche que ya no era la suya. Pinté la fachada con trazos largos y pacientes, y sobre el muro quedaron rayas de sombra, como una escalera que nadie sube.
Al terminar, la casa seguía en silencio, pero ya no parecía abandonada. Parecía esperar. Y yo me fui despacio por el camino, con la sensación de haber devuelto, durante unos minutos, la luz a unas ventanas donde ya no la enciende nadie.