850 de Antonio.
Allí, en mitad de una planicie polvorienta, apareció ante nuestros ojos una joya juvenil de la segunda mitad de los años sesenta del pasado siglo: el Seat 850 Sport Coupé.
Esta joya olvidada y maltratada por el paso inexorable del tiempo se había convertido, para la comunidad fotográfica nocturna, en un bien preciado, cuya ubicación era silenciada como quien guarda un tesoro. En mi caso, no es que lo encontrara por casualidad. Pero no quisiera ser descortés ni desagradecido con quien me informó de su ubicación exacta; al fin y al cabo, es la consecuencia inevitable del peso de los años.
Me acerqué en unas cuantas ocasiones a la finca. Pero la inolvidable fue aquella en la que, cegados por el ansia de fotografiarlo, no reparamos en que nos desplazábamos en mitad de la noche y estábamos invadiendo una propiedad privada. Nos dirigimos a la entrada de la casa y lanzamos una pregunta al aire: —Hola, ¿hay alguien?
Allí, linterna en mano y para comprobar quiénes éramos, apareció en la penumbra don Antonio, propietario tanto de la finca como del coche. Le explicamos los motivos de nuestra presencia. Evidentemente, y con un gesto de desaprobación, nos indicó que aquellas no eran horas de presentarse allí sin conocer las verdaderas intenciones de una visita así.
Mi intuición me dijo que estuvo a punto de darnos permiso para fotografiar el vehículo. Él ya sabía que aquel coche se había convertido en una pequeña leyenda entre los fotógrafos nocturnos. Pero, en el último momento, se negó. Eso sí, me pidió mi número de teléfono y nos aseguró que nos llamaría para concedernos permiso en otra ocasión.
La llamada llegó ni demasiado pronto ni tan tarde como para olvidarse. Don Antonio cumplió con su palabra. Palabra de caballero.